Sukuna y Megumi: la verdadera razón de su obsesión
Hay preguntas que persiguen a Jujutsu Kaisen desde su primer arco, pero pocas son tan incómodas —y tan fascinantes— como esta: ¿por qué Ryomen Sukuna fija su atención en Megumi Fushiguro y no en Yuji Itadori? A simple vista, Yuji es el recipiente. El cuerpo. El ancla. Pero Sukuna… mira a otro lado. Y cuando el Rey de las Maldiciones observa algo con tanto interés, no suele ser casualidad. Algo huele a destino torcido, a poder latente, a tragedia anunciada.
Lo inquietante no es solo la preferencia, sino la insistencia. Miradas prolongadas. Comentarios calculados. Silencios cargados. Sukuna no es un villano impulsivo: es paciente, cruelmente lúcido, y cuando elige, lo hace con intención. ¿¡En serio alguien cree que se trata solo de simpatía!? No. Aquí hay capas. Y muchas.
Megumi Fushiguro: el potencial que Sukuna reconoce antes que nadie

Sukuna no ve a las personas como aliados o enemigos. Las ve como herramientas, como piezas en un tablero que solo él entiende. Desde ese punto de vista, Megumi representa algo que Itadori jamás podrá ofrecerle: potencial estructural. No fuerza bruta. No resistencia. Sino un tipo de poder que puede moldearse, romper reglas y reescribir resultados.
La Técnica de las Diez Sombras no es solo versátil. Es peligrosa. Permite invocar, sacrificar, combinar, perder y volver a crear. Es una técnica que crece con el usuario, pero también lo consume. Y Sukuna lo sabe. Lo reconoce casi de inmediato, como si estuviera mirando un reflejo distorsionado de sí mismo.
Una técnica que no teme al sacrificio
Mientras otros hechiceros buscan control, Megumi actúa desde la pérdida. Está dispuesto a morir si el resultado lo vale. Esa mentalidad —fría, utilitaria, desesperadamente honesta— conecta con Sukuna de una forma perturbadora. No es admiración. Es compatibilidad.
Yuji, en cambio, siempre duda. Siempre carga con culpa. Siempre intenta salvar a todos. Esa humanidad es admirable… pero inútil para Sukuna. El Rey de las Maldiciones no necesita un héroe. Necesita un catalizador.
Itadori Yuji: el recipiente perfecto… y nada más
Esta es una verdad incómoda para muchos fans: Yuji es especial, sí, pero no en la forma que Sukuna valora. Su cuerpo es resistente. Su voluntad es fuerte. Su corazón… demasiado blando. Para Sukuna, Itadori es un envase extraordinario, pero vacío de ambición real.
Yuji no desea poder. No quiere dominar el mundo. Ni siquiera quiere sobrevivir a largo plazo. Su objetivo es morir bien, rodeado de personas salvadas. Y eso, desde la lógica de Sukuna, es casi ofensivo.
La ausencia de ego como defecto
En Jujutsu Kaisen, el ego no es un pecado: es combustible. Gojo lo tiene. Sukuna lo encarna. Incluso Megumi, aunque lo niegue, lo arrastra en silencio. Yuji no. Yuji actúa por otros. Siempre. Y eso lo hace predecible.
Sukuna no puede moldear a Yuji porque Yuji no quiere ser moldeado. No hay ambición que corromper, ni sueño que retorcer. Solo un chico tratando de hacer lo correcto. ¿Brutalmente injusto? Tal vez. Pero coherente.
Sukuna y Megumi: una relación basada en elección, no en azar

Hay algo que diferencia profundamente a Megumi de Yuji: Sukuna elige a Megumi. Yuji fue una consecuencia. Un accidente con dedos malditos. Megumi, en cambio, es una decisión consciente. Una apuesta a largo plazo.
Sukuna observa cómo Megumi duda, cómo se frena, cómo se autolimita. Y no porque sea débil, sino porque teme lo que puede llegar a ser. Esa contención es precisamente lo que despierta el interés del Rey de las Maldiciones.
El placer de romper un límite autoimpuesto
Para Sukuna, no hay mayor placer que ver caer una barrera interna. No una derrota física, sino moral. Que Megumi acepte usar todo su poder, aunque eso lo destruya, es el tipo de tragedia que Sukuna disfruta saborear lentamente.
Yuji ya está roto emocionalmente. No hay caída posible. Megumi aún tiene algo que perder. Y eso lo hace infinitamente más interesante.
El simbolismo narrativo: Sukuna necesita a Megumi para avanzar la historia
Desde un punto de vista narrativo —sí, aquí toca ponerse un poco meta—, la fijación de Sukuna con Megumi cumple una función clave: empuja la historia hacia zonas grises. Obliga a los personajes a tomar decisiones que no tienen salida limpia.
Si Sukuna solo existiera dentro de Yuji, la dinámica sería estática: control, resistencia, conflicto interno. Con Megumi, todo se vuelve impredecible. Alianzas forzadas. Traiciones silenciosas. Escenarios donde nadie sale ileso.
El miedo como motor dramático
El simple hecho de que Sukuna quiera a Megumi genera tensión constante. Cada combate, cada herida, cada duda pesa más. Porque no se trata solo de ganar o perder. Se trata de qué parte de Megumi sobrevivirá al final.
Y eso, como fan, duele. Duele porque se siente inevitable. ¿Cómo pudo pasar eso? Exacto. Así funciona una tragedia bien escrita.
El futuro: ¿qué ve Sukuna que los demás aún no entienden?

Sukuna no actúa por capricho. Si ha puesto sus ojos en Megumi, es porque ve un desenlace posible. Uno donde la Técnica de las Diez Sombras alcance un nivel que nadie más imagina. Uno donde el equilibrio del mundo jujutsu se quiebre definitivamente.
Megumi es una bomba de tiempo emocional y técnica. Y Sukuna… disfruta viendo correr el reloj.
Quizá la pregunta correcta no sea por qué Sukuna se interesa en Megumi y no en Yuji. Tal vez sea esta: ¿qué pasará cuando Megumi deje de resistirse? Porque cuando eso ocurra, el mundo que conocemos en Jujutsu Kaisen probablemente ya no exista.
Y ahí, justo ahí, es donde esta historia promete dejar cicatriz.










