¿Es Sukuna el verdadero villano de Jujutsu Kaisen?
Hay villanos que entran en una historia como una fuerza externa. Y hay otros que parecen haber estado ahí desde antes de que el mundo existiera. Sukuna pertenece claramente al segundo grupo. Desde su primera aparición en Jujutsu Kaisen, algo quedó claro: no es solo un enemigo poderoso, es una presencia incómoda, casi obscena, que desordena cualquier intento de lectura simple. Pero la pregunta sigue flotando, episodio tras episodio, arco tras arco: ¿de verdad Sukuna es el gran villano de la obra… o estamos simplificando algo que Isayama—perdón, Gege Akutami—construyó para ser mucho más ambiguo?
Porque si algo caracteriza a Jujutsu Kaisen, es su rechazo frontal a las categorías cómodas. Aquí los héroes dudan, los mentores fallan, y los antagonistas… bueno, los antagonistas a veces dicen verdades que duelen demasiado como para ignorarlas. Sukuna es el mejor ejemplo de eso. Fascinante. Repulsivo. Carismático. Y peligrosamente honesto.
Sukuna no nace como villano: nace como una maldición pura
Uno de los errores más comunes al analizar a Sukuna es juzgarlo con el mismo marco moral que a los humanos del relato. Pero Sukuna no es humano. No lo fue cuando estaba vivo, y definitivamente no lo es ahora como espíritu maldito. Es una condensación extrema del odio, el deseo y la violencia que la humanidad produce una y otra vez. No tiene que “volverse malo”. Ya lo es, por definición.
En ese sentido, Sukuna no encaja del todo en la figura clásica del villano con un objetivo claro o una ideología que justificar. No quiere reformar el mundo. No busca venganza por un trauma infantil. Ni siquiera parece interesado en gobernar algo de forma estable. Lo que hace es más simple… y más aterrador: actúa según su naturaleza. Consume, domina, destruye cuando le place. Sin culpa. Sin excusas.
Esto lo separa de otros antagonistas del shōnen moderno. Mientras personajes como Mahito exploran la crueldad desde la curiosidad o el nihilismo, Sukuna opera desde una posición de absoluta certeza. Para él, la vida humana tiene el mismo valor que un objeto descartable. Y no lo oculta. No lo disfraza con discursos grandilocuentes. Lo dice mirando a los ojos. (Y eso incomoda más de lo que debería).
El Rey de las Maldiciones como concepto narrativo
Llamarlo “Rey de las Maldiciones” no es solo un título cool. Es una declaración de principios. Sukuna representa el punto máximo de un sistema roto, donde las emociones negativas generan monstruos y luego se finge sorpresa cuando esos monstruos devoran todo. Desde esa perspectiva, ¿es Sukuna el problema… o el síntoma más honesto del mundo que Jujutsu Kaisen describe?
La relación con Itadori: ¿enemigo, parásito o espejo?

Si Sukuna fuera simplemente el villano final, su vínculo con Yuji Itadori sería mucho más simple. Pero no lo es. Es una relación incómoda, desigual y profundamente cruel. Sukuna no necesita convencer a Yuji de nada. No lo manipula con promesas falsas de salvación. Lo utiliza. Punto.
Y, aun así, hay momentos en los que esa relación se vuelve inquietantemente simbólica. Yuji carga con la culpa de las muertes causadas por Sukuna, aunque no las haya decidido. Sukuna, en cambio, no siente absolutamente nada. Esa diferencia no es solo moral: es estructural. Uno vive para salvar a otros. El otro existe para reafirmar su propia supremacía.
¿Lo más perturbador? Sukuna entiende a Yuji mejor que muchos aliados. Ve su debilidad, su necesidad de sacrificarse, su impulso autodestructivo. Y lo desprecia por ello. Pero también lo aprovecha. Cada vez que Sukuna toma el control, la serie parece preguntarnos algo incómodo: ¿cuánto del horror que vemos es culpa del demonio… y cuánto de un sistema que coloca a un chico de 15 años como contenedor de una catástrofe?
El pacto y la ausencia de consentimiento real
El famoso pacto entre Sukuna y Yuji no es un acuerdo justo. Nunca lo fue. Sukuna no negocia entre iguales. Impone condiciones, manipula silencios, espera el momento exacto para actuar. Eso lo vuelve peligroso, sí. Pero también revela que su rol no es solo el de antagonista, sino el de fuerza que expone las fallas éticas del mundo jujutsu.
Sukuna frente a otros antagonistas de Jujutsu Kaisen
Comparar a Sukuna con villanos como Mahito, Geto o Kenjaku ayuda a entender por qué su figura es tan difícil de encasillar. Mahito representa el caos emocional, la crueldad nacida de la curiosidad infantil. Geto encarna el fracaso del idealismo. Kenjaku, la planificación fría, casi científica, del horror.
Sukuna, en cambio, no “compite” con ellos. Los trasciende. No necesita justificar sus actos con teorías sobre la evolución humana o el equilibrio del mundo. Simplemente existe por encima de esas discusiones. Y cuando actúa, el relato se vuelve brutalmente honesto: el poder absoluto no necesita razones.
Esto plantea una duda legítima: si hay antagonistas más activos, más estratégicos y más ideológicos… ¿por qué seguimos viendo a Sukuna como el gran villano? Tal vez porque, a diferencia de los demás, Sukuna no pretende tener razón. Y eso lo vuelve más real. Más incómodo. Más cercano al mal puro que muchas historias evitan mostrar.
¿Es Sukuna el villano final… o solo la verdad que nadie quiere mirar?

A medida que la historia avanza, queda claro que Sukuna no mueve todos los hilos. No diseña cada tragedia. No planea el futuro del mundo jujutsu con mapas y diagramas. Pero cada vez que aparece, el tono cambia. La violencia se vuelve definitiva. Las consecuencias, irreversibles.
Eso lo convierte en algo distinto al típico “jefe final”. Sukuna funciona como un recordatorio constante de que este mundo no recompensa la bondad ni castiga la crueldad de forma justa. A veces, el más fuerte gana. Y punto. ¿Es eso maldad… o una verdad incómoda?
Quizá Sukuna no sea el villano principal en términos de trama, pero sí lo es en términos filosóficos. Es la negación absoluta de la esperanza fácil. El límite que ningún discurso puede cruzar. Y cuando se ríe —porque siempre se ríe—, no se burla solo de los personajes, sino también del espectador que esperaba una salida limpia.
El legado de Sukuna: miedo, fascinación y una herida abierta
Hay villanos que se derrotan y se olvidan. Y hay otros que dejan una marca. Sukuna pertenece al segundo grupo. Incluso cuando no está en pantalla, su sombra condiciona cada decisión importante. Cada sacrificio. Cada silencio incómodo.
Tal vez la pregunta no sea si Sukuna es el verdadero villano de Jujutsu Kaisen. Tal vez la pregunta real sea por qué necesitamos que lo sea. Porque aceptar que no hay un “gran mal” único, que el horror está repartido entre personas, sistemas y decisiones, resulta mucho más difícil de digerir.
Y ahí está el mérito de Akutami: crear un personaje que no busca ser amado ni comprendido, pero que obliga a mirar de frente lo que normalmente se evita. Sukuna no pide perdón. No promete redención. Solo existe. Y eso, curiosamente, lo vuelve inolvidable.
Cuando todo termine —cuando los combates cesen y el polvo se asiente—, quedará esa sensación extraña. Ese vacío. Esa pregunta sin respuesta clara. ¿De verdad derrotamos al villano… o solo aprendimos a convivir con algo que siempre estuvo ahí?










